El cielo de la primavera (por Juan Carlos Muñoz)

Abril y mayo representan el esplendor de la primavera, el asentamiento de un renacer que ya se palpa desde marzo; de hecho, desde antiguo los años empezaban a contarse a partir del equinoccio de primavera que no es sino el 21 de marzo. Los ripios a tan poéticas fechas los pueden seguir en muchos otros artículos, dentro, incluso, de esta revista. Así que me limitaré a expresar mi satisfacción porque ya las noches no sean tan rigurosas como las de los meses inmediatamente anteriores y nos permitan disfrutar de nuestra afición favorita que no es sino la de admirar las estrellas y el sinfín de maravillas que se esconden entre ellas.

Ya quedó atrás el cielo de invierno; apenas en la parte más septentrional del firmamento resisten los astros más apegados al Polo, estrellas como Capella, Cástor, Póllux, Alhena o Procyón. Desde las proximidades de esta última aparece la constelación de la Hidra, la más extensa del firmamento (quién lo diría), una larga cadena serpenteante de débiles estrellas que se dirige con decisión al este desarrollándose a todo lo largo del cielo por debajo de las constelaciones zodiacales de Cáncer, Leo y Virgo.

El León es la constelación más característica con su bonito asterismo en forma de esfinge contemplada de lado; la estrella Régulus (el Pequeño Rey, el Reyezuelo) marca el corazón del animal mítico que no es sino el León de Nemea, una criatura monstruosa e invencible que causaba el terror entre los habitantes de la región y que se convirtió en el primer trabajo de Hércules quien, para acabar con el temible felino y viendo que su piel era invulnerable a la espada y a la lanza, lo estranguló. Posiblemente la fuerza del Sol estival esté detrás de la designación de esta parcela del cielo como un león pues es en las fechas caniculares cuando nuestra estrella se sitúa en la zona de Régulus.

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El León tiene un asterismo propio muy significativo que es conocido como la Hoz, en la parte delantera de la constelación, formado por las estrellas γ, ζ, μ y ε Leo. La célebre Denébola, β Leo, marca, como su nombre indica, la cola del animal fantástico.

A través de un telescopio modesto es posible contemplar en esta parcela celeste gran número de galaxias, alguna de las cuales incluyó el célebre Charles Messier en su catálogo de objetos nebulosos a mediados del siglo XVIII.

Hay una razón para ello. La Vía Láctea, la galaxia donde vivimos, quedó en el oeste, a un lado de Sirio y de Orión. Ya hasta el cielo de verano no nos la volveremos a encontrar. Y como la Galaxia tiene forma de disco o plato es ahora, en la primavera, cuando contemplamos uno de sus polos, y es ahí donde la concentración de nubes y estrellas es más baja constituyendo una ventana esencial para la contemplación del Universo profundo, mucho más allá de la Vía Láctea. De ahí que Leo, su vecina Virgo y, por supuesto, la Osa Mayor, al norte, estén cuajadas de galaxias.

Vayamos a Virgo, la Virgen, una enorme constelación que sigue al León y que está protagonizada por otra estrella de primera magnitud, Spyca, que significa la Espiga. A diferencia de la fuerza sobrenatural del vecino León, la constelación de Virgo representa a la diosa Ceres, diosa que enseñó a los hombre el arte de cultivar la tierra, sembrar, recoger el trigo y elaborar el pan, lo que hizo que fuese considerada diosa de la agricultura.

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El asterismo principal de Virgo no es tan llamativo como el del León pero reúne varias estrellas de segunda y tercera magnitud, aparte la mencionada Spyca.

En la zona noroccidental de Virgo, lindando con la vecina constelación de la Cabellera de Berenice, existe una inusual concentración de galaxias. Con un modesto aparato cualquier aficionado puede distinguir en este área decenas de galaxias, pequeñas manchas blancuzcas aparentemente anodinas pero que son eso, galaxias, cada una de ellas con decenas o cientos de miles de millones de estrellas. De hecho, la mayor del grupo, la conocida como Messier 87 (M87) es una galaxia elíptica gigante con un superagujero negro en su centro. Todo gana sentido cuando se conoce la distancia a la que están las galaxias del Cúmulo Virgo-Cabellera, entre 50 y 60 millones de años-luz. Es decir, 520.740.000.000.000.000.000 km, ¡520 trillones de kilómetros! Sencillamente, inconcebible.

Leo y Virgo son signos del Zodíaco, constelaciones que atraviesa nuestro sol en su recorrido aparente por el cielo. Pero la estrella más brillante del cielo de la primavera es Arturo, la estrella Alfa de la constelación del Boyero. Arturo es la cuarta estrella más brillante del firmamento y la primera al norte del ecuador celeste.

Arturo es una vieja estrella gigante anaranjada con un radio 25 veces más grande que el Sol, una masa 1,5 veces mayor, temperatura superficial más fría que la de nuestra estrella y situada a casi 37 años-luz de nosotros.

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El nombre de esta estrella procede de la voz griega Αρκτ οῦρος, que significa ‘el guardián de la Osa’, en alusión a la Osa Mayor que le precede por el noroeste, tal y como se observa en la imagen adjunta. Y es que la tradición quiere que la gran Osa no sea sino la malograda ninfa Calisto, de sublime belleza, y a la que el casquivano dios Zeus no pudo dejar de seducir; le dio un hijo varón y casi hubiesen sido felices y comer perdices de no ser porque la celosa Hera, esposa y hermana de Zeus y no menos cruel que él, descubrió la relación y al hijo espúreo de su adorado esposo, y no pudiéndose vengar en él, y como tenía costumbre, puso sus ojos en ella, en la violada Calisto, para urdir su venganza y dar salida al reconcomio de sus celos.

La vengativa diosa descubrió al hijo de su infiel esposo, un hermoso hombre joven de nombre Arkas, en un bosque armado de arco y flechas en busca de presas. Y se le ocurrió metamorfosear a Calisto, su madre, en osa; arrebatándola de donde estaba la trasladó al bosque y la puso a poca distancia de donde se hallaba el hijo. Arkas captó la presencia del oso entre la floresta y dio gracias a los dioses porque le hubiesen puesto tan notable pieza ante sus ojos. Calisto no tuvo tiempo de huir; Arkas sacó una flecha de su carcaj, apuntó al oso sin saber que se trataba de su madre y disparó.

Nada escapa al ojo de Zeus que, alertado de este hecho y comprendiendo la crueldad de semejante parricidio, se apiadó de Calisto, a quien al cabo él había forzado, y en el preciso instante en que la flecha iba a cumplir tan nefasto destino transformó al joven Arkas también en oso y los subió a los dos al cielo escondiéndolos entre las estrellas.

Tiempo más tarde la rencorosa Hera supo del engaño y encontró a Calisto y a su hijo Arkas en el cielo; mas no pudiendo hacer nada por cambiar los designios de Zeus se aseguró al menos de no perder de vista a la pobre Calisto, no fuera a ser que aún su Esposo quisiera tener coyunda con ella. A ambos, madre e hijo, los condenó a dar vueltas en torno al Polo celeste de modo que no desaparecieran por detrás del horizonte privándolos de bañarse en las aguas del Océano, como cantara Homero en la Odisea.

Y, en efecto, las dos Osas son constelaciones circumpolares que resultan visibles todas las noches del año; y las estrellas del Carro, la más antigua y celebrada de las constelaciones, rozan el horizonte en sus horas más bajas y aun se pasean sobre las aguas del ancho mar y nunca lo tocan, como ominara la celosa Hera.

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Y no se ha dicho nada de otras muchas figuras del firmamento de la primavera. Por ejemplo, la constelación del Dragón, muy característica, y que se enrosca entre las dos Osas y las custodia por orden de la recelosa esposa de Zeus. Brilla en estas fechas la Cabellera de Berenice, al norte de la Virgen, y los Perros de Caza, la Corona Boreal, fantástica y muy fácil de localizar, el Boyero, presidido por la mencionada Arturo, el Cuervo, la Copa (o Cratera), el Sextante, el León Menor, el Lince y algún otro asterismo que dejo en el tintero.

Efemérides para abril y mayo de 2018

Viajando de la alta madrugada a la plena noche, los planetas exteriores van escalando el cielo, saliendo cada día más temprano, camino de su oposición. La oposición del planeta se produce cuando éste se sitúa a 180º de ángulo del Sol, es decir, cuando ambos astros están enfrentados (aunque no sea al estilo de un gobierno y una oposición). Esto sólo pueden hacerlo los planetas llamados exteriores, Marte, Júpiter y Saturno si nos referimos a los que podemos contemplar a simple vista.

El primero en alcanzar la oposición será Júpiter que lo hará el 9 de mayo, la de Saturno será el 27 de junio y la de Marte el 27 de julio. La oposición de Marte de este año será muy buena pues el planeta Rojo se situará a sólo 57,7 millones de kilómetros de nosotros y se convertirá en un astro rojizo muy luminoso que protagonizará las noches de este verano. Es en las oposiciones cuando los planetas suelen alcanzar sus mayores brillos.

Mercurio tendrá una muy buena aparición a finales de abril. El planeta del dios alado nunca se separa mucho del Sol (es un planeta interior) pero el próximo 29 de abril se situará a 27º de él. Ese día y los inmediatamente anteriores y posteriores podremos contemplar a Mercurio en el cielo de la tarde como una estrella parpadeante de primera magnitud entre los resplandores del crepúsculo.

También Venus comenzará a verse desde principios de abril al atardecer, primero más bajo y débil y luego subiendo en el cielo cada día hasta alcanzar su máxima separación del Sol el próximo 17 de agosto, por lo que durante esta primavera y este verano el impresionante planeta será, sin lugar a dudas, el Lucero de la Tarde.

Los plenilunios van a producirse en los finales de mes, el 31 de marzo, el 30 de abril y el 29 de mayo; y, por tanto, los novilunios ocurrirán a mediados, el 16 de abril y el 15 de mayo exactamente.

El novilunio de abril, el día 16, vendrá muy bien para no perderse la lluvia de estrellas conocida como las Líridas, una de las más antiguas de las que hay registro. Las líridas pueden observarse entre el 16 y el 25 de abril y tiene su máximo este 2018 el día 22 al anochecer. Las líridas son veloces y brillantes y dejan estelas persistentes; su tasa de caída es de 18 cada hora. Son los restos dejados por el cometa conocido como Gran Cometa de 1861 (Cometa Thatcher), un objeto de largo periodo que da una vuelta al Sol cada 408 años, según los cálculos más recientes. Quiere ello decir que el Thatcher no volverá a verse por el Sistema Solar interior hasta el año 2269.

Sin embargo, cada año por estas fechas la Tierra pasa por el rastro de polvo dejado por el cometa y es entonces cuando estas lágrimas celestes se materializan ante nuestros ojos.

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El cielo comienza a animarse después del ‘parón’ invernal. Para el 6 de mayo se espera el máximo de otra lluvia de meteoros aún más espectacular, las Eta Acuáridas, con una tasa de 60 estrellas fugaces por hora. A las Eta acuáridas de este 2018 les estorbará la Luna menguante. Se trata de unos meteoros rápidos y luminosos con estela originados por el célebre cometa Halley hace cientos de años pues en nuestros días el Halley no cruza, en absoluto, la órbita terrestre.

Y estamos pendientes al próximo eclipse visible en España, el total de Luna del 27 de julio, en pleno verano, que ocurrirá al principio de la noche y en el que nuestro satélite se va a internar muy profundamente en el cono de sombra de la Tierra. Pero eso será este verano…

¡Felices cielos!

Algunos enlaces:

http://www.astroyciencia.com
http://www.auladeastronomia.es
efemeridesastronomicas.dyndns.org/
www.oan.es/servidorEfem/
http://sci.esa.int/hubble/
https://eclipse.gsfc.nasa.gov/
https://rastreadoresdecometas.wordpress.com/

Juan Carlos Muñoz Martínez
Quéntar, 16 de marzo de 2018

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