Hyla meridionalis: recuerdo de un descubrimiento (por Malole Díaz)

No íbamos mucho a casa de mi tío Paco cuando yo era chica; recuerdo un puñado de visitas concentradas en el verano en el que cumplí 6 años, porque tenían piscina y mi madre me enseñó a nadar allí. De todas formas, lo mejor de casa de mi tío Paco no era la piscina, eran los primos. Entre mi hermana, ellos y yo juntábamos más de media docena de chiquillos y tenían el barco pirata de playmobil y construíamos fortalezas con piedras y las defendíamos y eran unos cafres, vaya.

En el jardín tenían un seto de bambú enorme pegado a la reja que separaba el jardín de la calle; era muy frondoso, desde fuera no se veía nada más que bambú y desde dentro el sonido de los coches llegaba bastante amortiguado por la masa vegetal, que tenían que
podar a menudo del lado de la calle para que no se comiera la acera. Una tarde salimos de la piscina todos los primos (los que estábamos ese día) y andábamos por el jardín secándonos con las toallas cuando Manuel, el más pequeñito, señaló al bambú y nos llamó. Al grito de “una rana ahí arriba” tiramos las toallas por ahí y acudimos todos. A mí me dio muchísima curiosidad, supongo que a los demás les pasaría lo mismo: “arriba”, fuera el sitio que fuese, no era lugar para una rana. Mi hermana y yo íbamos a buscar ranas a una charca que había cerca de casa, solíamos ir por la tarde y nos quedábamos hasta que anochecía para escucharlas cantar (siempre me pareció que tiene mucho de hipnótico el canto de las ranas). Al pisar el fango de los bordes de la charca veías una legión de ranillas saltando al agua. Es decir, estaban en el agua o en el suelo junto al agua. Pero Manuel estaba diciendo que había una rana subida a un árbol. Bueno, el bambú no es un árbol, pero a efectos de altura es lo mismo. La rana, según mi primo, estaba en alto. Aquello no era posible. Le dimos un repaso visual al bambú y no vimos nada. Anda ya, Manuel, inventándote barbaridades para llamar la atención. Pero Manuel insistía, y la rana, porque sí que había una, y se estaba poniendo nerviosa, se movió y entonces la vimos todos, y lo que yo no entendí fue cómo la había podido ver Manuel cuando estaba quieta: la rana en cuestión era exactamente del mismo color que el bambú, verde liso, superverde, reverde, verdísima, brillante, más grande que las que yo conocía de la charca, también más gordita, como entradita en carnes, y se movía muy, muy despacito, nada de saltos instantáneos al agua, a qué agua, si al pie del bambú no había. Ésa era otra incógnita, no ya que la rana estuviera en alto, sino que no estaba cerca del agua. Yo sabía (porque me gustaban mucho los bichos y las plantas y todas las cosas vivas) que los anfibios tienen la piel permeable, que se mueren deshidratados si se exponen al sol mucho tiempo y que suelen vivir cerca del agua, así que para mí estaba claro: si es anfibio tiene que estar cerca del agua. Todavía no conocía a los sapos que viven a kilómetros del río más cercano y se pasan el invierno bajo tierra, o que viven en desiertos, activos de noche y enterrados en la arena durante el día. Tampoco creo que mis primos tuvieran ni idea de sapos, porque nos pusimos a ver cómo podíamos hacer para coger a la rana y echarla a la piscina en plan boy-scouts (creíamos de buena fe que andaba algo despistada) y en ésas estábamos cuando llega mi tío Paco y nos lanza unas cuantas piezas de información de suma importancia que influyeron de forma determinante en nuestro comportamiento ulterior, a saber: 1) que esa rana era arborícola (“arboriqué?”), 2) que si queríamos ayudarla, lo mejor que hacíamos era dejarla en paz en su bambú y 3) que a la piscina no se echan bichos de ninguna clase, que hiciéramos el favor, con el trabajo que da limpiarla, y que además con el cloro que lleva el agua la rana era capaz de palmarla ipso facto. Ahí me enteré de lo que eran aquellas pastillas blancas que veía al fondo de la piscina algunos días, pero ése no es el descubrimiento que quiero contar hoy. Resumiendo, la ecuación “anfibio=vive en el agua” me la había fastidiado la rana esta, porque la piscina estaba al fondo del jardín y por tanto algo lejos del bambú, que daba a la calle. Y en los árboles vivían los pájaros, los monos, algunas serpientes, los koalas pero ¿las ranas?. Pues sí, las ranas.

FOTO 1
Hyla meridionalis pertenece a la familia Hylidae, presente en los cinco continentes. Al igual que las otras 32 especies del género Hyla, la ranita meridional es arborícola y pasa el día entre ramas, tallos y hojas. Aunque no sea normal verla en el fango que orilla las charcas como sucede con otras ranas, efectivamente vive en zonas húmedas y necesita del agua para reproducirse. Se la encuentra en el centro y sur de la península ibérica, sur de Francia, Cataluña, noroeste de Italia y norte de África (Marruecos, Argelia y Túnez), en zonas de altitud baja o media. Puede compartir territorio con otra especie muy parecida, Hyla arborea, la ranita de San Antonio, cuya distribución ocupa sobre todo el norte y centro de la península y se solapa con la de Hyla meridionalis hacia el sur. Hyla meridionalis e Hyla arborea son las dos especies de rana arborícola que tenemos en Europa. La ranita meridional es muy parecida en tamaño, forma y color a la ranita de San Antonio; el rasgo que mejor permite distinguir una especie de otra es la banda lateral oscura que parte de las narinas (las fosas nasales) y que en Hyla arborea llega hasta las patas traseras, mientras que en Hyla meridionalis nunca sobrepasa las patas delanteras.

FOTO 2

También se diferencian en otras cosas, como el canto de los machos en celo o el tamaño y la coloración de los renacuajos. Pero distinguir ambas especies puede ser más complicado de lo que parece, pues existe bastante hibridación en las zonas en las que sus distribuciones se solapan. Y se trata de híbridos sexualmente fértiles, cosa que no sucede a menudo cuando hibridan dos especies.

El color de la ranita meridional suele ser verde brillante y constituye un excelente camuflaje que la protege de los depredadores en su hábitat natural; sin embargo, es relativamente frecuente encontrar individuos de color marrón o azul. La coloración verde normal se produce por la presencia en la piel de dos tipos de células llenas de pigmento o cromatóforos, unos azules y otros amarillos. La coloración azul o axantismo se debe a una mutación que no es hereditaria y que consiste en la ausencia de cromatóforos de color amarillo (xantóforos). Si ya su hábito arborícola y la existencia de híbridos con Hyla arborea hacen que la ranita meridional sea extremadamente singular a nuestros ojos, qué no nos parecerá el caso de los individuos con axantismo.

 

Los anfibios en general son buenos bioindicadores, debido entre otras cosas a la permeabilidad de su piel, que les hace estar más expuestos a sustancias tóxicas que otros animales. Cuando nos pasamos transformando el medio natural, las especies de anfibios son de las primeras que desaparecen, por eso su presencia o ausencia da una idea bastante realista del grado de degradación que sufre una zona. Por desgracia, la existencia de la ranita meridional no es tan tranquila y segura como podría ser. La amenazan la eutrofización y contaminación de las aguas, las fumigaciones antimosquitos, el deterioro y la pérdida de hábitats por incendios, deforestación, alteración de ecosistemas acuáticos, desecación de zonas húmedas, quema de vegetación palustre, desarrollo urbanístico y demás lindezas que perpetramos impunemente los seres humanos civilizados. Los insecticidas acaban con el alimento principal de estas ranas, los mosquitos. El desarrollo humano reduce los hábitats naturales y provoca fragmentación, de manera que el problema no es sólo que el número de individuos se reduzca, sino que los que quedan viven en poblaciones pequeñas y aisladas unas de otras, lo que dispara la endogamia y reduce por tanto la capacidad de las poblaciones para responder a cambios ambientales. Es importante que tomemos consciencia de esto y pongamos nuestras energías en preservar el entorno de las poblaciones que quedan, crear corredores entre poblaciones aisladas y promover la conservación de nuestras zonas húmedas si queremos que estas compañeras sean simplemente difíciles de ver entre la vegetación. Si alguna vez tienes la suerte de encontrarlas, limítate a disfrutar la magia de observarlas. Manipularlas puede generarles estrés y está prohibido por la legislación medioambiental.

Quiero que vuelvas al jardín de mi tío Paco. Imagínate el suelo regado de toallas y a un puñado de chiquillos descalzos y chorreando con los ojos fijos en una cosa pequeña y verde moviéndose muy despacito entre las ramas y las hojas verdes de un bambú. Cuesta distinguirla, todo nuestro afán es no perderla de vista entre tanto verde y ella sube y sube, alejándose de nosotros. Hasta hablamos bajito para no asustarla. La tarde va cayendo, es verano pero estamos casi cogiendo frío. Nos llaman para cenar y seguimos sin apartarnos del bambú. Hyla meridionalis.

Malole Díaz

FOTO 5

Imágenes:
Foto 1: Atanasio Fernández García (enlace)
Foto 2: Luis García Cardenete (enlace)
Foto 3: D. Massemin (enlace)
Foto 4: Pedro Granados (enlace)
Foto 5: David Álvarez (enlace)

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